No sé qué me pasó con él. No creo que haya sido que me gustó, pero lo escuchaba, lo veía y pensaba que él tenía cosas que quisiera que tuviera la persona que me guste. Incluso que tuviera yo, porque también me recordó mis ganas de irme, de trabajar del arte más directo: que me paguen por ensayar y por presentarme. Me recordó que cuando chica nunca me imaginé con familia, con mascotas, ni siquiera con plantas, porque pensaba que iba a estar viajando siempre. No por aventurera, sino por trabajo. Tenía 5 años y me imaginba viajando constantemente por filmar escenas.
Correo-carta
No sé qué me pasó con él. No creo que haya sido que me gustó, pero lo escuchaba, lo veía y pensaba que él tenía cosas que quisiera que tuviera la persona que me guste. Incluso que tuviera yo, porque también me recordó mis ganas de irme, de trabajar del arte más directo: que me paguen por ensayar y por presentarme. Me recordó que cuando chica nunca me imaginé con familia, con mascotas, ni siquiera con plantas, porque pensaba que iba a estar viajando siempre. No por aventurera, sino por trabajo. Tenía 5 años y me imaginba viajando constantemente por filmar escenas.
-¿De qué manera te gustaría que me acercara?-, pregunta mi amiga. Yo cierro los ojos para que se traguen mis lágrimas porque no sé. Siento culpa y desesperación de no entender qué cariño prefiero y preciso. Sería tan lindo no sentir hambre ni sed, no tener que pensar qué me hace bien, qué me hace falta. Quisiera caminar por un paisaje que diera justo los frutos con las propiedades nutricionales que necesito según la estación del año en la que estoy, sin tener que buscarlos por mi cuenta. Quisiera hallar un árbol de ternura y regocijo perennes, para treparlo y hacer mi casita ahí.
Lloré por ti en la tarde. Me quedé dormida lagrimeando porque el sol me tiene amodorrada. No me has hecho nada pero me haces llorar. Detesto este sentimiento. ¿Cómo te digo que algo me está alejando? Si no sé qué es y lo que alcanzo a reconocer no quiero que nos aleje. No sé cómo hablarte de las dos si cuando te miro me reclamas mimos y cuando te hablo me agradeces por todo. ¿Sabes? Ser tierna contigo se ha vuelto un acto extraño. Es sacarme espinas del cuerpo para dártelas después de taparles la punta con flores de algodón que recojo de las casas mientras camino hacia ti. A veces lo siento así. Entonces cada gesto cariñoso me duele y me deja un puntito de sangre. ¿Me entiendes? No sé cómo cambiar esto. ¿Lo entiendes?
Podría buscar cuidadosamente las palabras más genuinas para consolarte desde la autenticidad, pero no me dan ganas. Sé que te alegraría la semana si te mando por delivery un dulcecito a tu trabajo el próximo lunes, pero no me dan ganas. Me están pasando cosas y es una opción malgastar el tiempo contándote detalles, pero no me dan ganas. Podría decirte que me estoy quedando sin ganas, pero no tengo ganas.
De orgullosa, de egoísta, intento dosificar el cariño que te entrego para que eches un poco en falta como a veces me pasa a mí. Pero siempre de todos modos agradeces tanto lo que sea. No sé si no sé dar poco o solo soy yo la quejumbrosa que no se contenta con nada porque nunca me es suficiente ninguna cosa, ni siquiera de mí para mí.
Nota mental
No debo pretender nunca más que seas mi diario. Inevitablemente pido más de la cuenta y solo el papel aguanta tanto. Esas conversaciones son únicamente para mí. O primeramente para mí. ¿Quién más va a prestar la justa atención tanto al ruido como al brillo de los vidrios rotos? Y a mis dedos, que los han dispuesto en el suelo pedazo por pedazo.
sé que me miento un poco. porque me siento tan contenta de que haya tanto tiempo. bobamente me siento orgullosa de todo este tiempo. la gente me raspa como roca. me asusta tanto no tener tiempo para que las rocas que me raspan se pulan lentamente. y para que yo me ablande y deje de raspar también. y puro que ando torpe caminando por ahí, evitando qué sé yo. pero las piedras de las dos están tan redonditas, cada vez más redonditas. gracias.
A veces me pregunto qué estupidez se me metió por los ojos o quizá por dónde. Tengo vergüenza de esta ausencia de temblor y de cierto puritanismo optimista que se me asoma cuando te siento ácida al hablar de la vida y dulcísima al mencionar la muerte.
Quisiera acompañarte, pero creo que nos necesitamos en lados distintos. Hay momentos en que te escucho y me pregunto si te contagié o quizá te instigué. Obvio que no, no tengo ningún poder sobre nadie. Obvio que estuvo siempre en ti. Y sigue en mí. Pero no podemos coincidir, sino quién nos detendría.
Agradezco esta calma pero temo que sea adormecimiento.
Dentro de mí, siento como si estuviera traicionando al absurdo, como si me hubiera vendido a no sé qué.
No entiendo porqué sigo quieta, porqué no me estremezco.
Ya nada se escucha fuerte o se siente punzante.
No quiero estar conforme.
¿Estoy conforme?
No tengo derecho.
Y esto es lo más estúpido que puedo estar diciendo.