A veces se me humedecen los ojos y me aprieto la cara con las manos, mientras se me hace un nudo en la garganta porque me siento atrapada sin poder decir que soy ridícula, que me equivoco ridículamente, que es fastidiosa cualquier decisión que tomo, que sería hermoso descansar de mí y de mis estupideces.
Entonces siento que te extraño, porque me gustaría verte sonriéndome, verte relajado sin exigirme tanto, escucharte diciéndome que no tengo que pensar tanto. Era dulce tu voz, me hacía bien. Era un poco como si me apartaras las manos de la cara y me cerraras mis dedos para que dejara de usar las uñas contra mí.
Ahora tengo las manos apretándome la cara y no entiendo que ya no estés detrás de ellas, que ya no procures que tenga un chocolate de menta en la boca para derretir lentito la ansiedad.