No sé qué tan poca tolerancia tengo que tener a la incomprensión de cualquier fenómeno, para ahora estar con la guata apretada llorando sin que me escuche mi amiga que duerme en el suelo, mientras te imagino.

Te imagino y no sé ubicarme ahí. No sé nombrar el espacio donde estoy. No puedo ver a través de ti. No puedo ver a través de ningún acto ni palabra tuya.

¿Hay algo?

Me reúso a creer que no piensas en mí, que no eres sensible a mi dolor, que no te importa saber cómo estoy, que no te preguntas cosas sobre mi vida.

¿Por qué no abres las cortinas, por qué no prendes la luz? No veo nada, me destroza que no me permitas ver.

Quiero ver que está vacío.

Siento que cuando me tocaste escuchaste mi tartamudear y que cuando te miré, leíste mi tremor. Ahora pienso que nunca debería haber permitido que presenciaras mis balbuceos. Siento vergüenza de que me conozcas, pero creo que ni siquiera me viste.

Por favor abrázame, por favor cuéntame un secreto, por favor hazme comida, por favor recuéstate conmigo y descansa de ser tan pusilánimemente imbécil. 

Esto no es lo que quiero decir.

A veces, cuando cruzo muy cerca de un auto en movimiento, siento alegría. A veces, cuando estoy triste y abrumada, me gusta imaginarme que más temprano que tarde ya no estaré viva. A veces, cuando se me hace insoportable el sufrimiento de cualquier persona, siento impaciencia por su paz eterna.

Pero al final del día, siempre me oprime el pecho ser tan impotente ante la última vez. El afecto es agua que se me desparrama por las manos mientras el tiempo corre. ¿Cómo sellar la certeza de mi amor? Cómo imprimirme en el cariño de quien quiero. 

No sé qué es lo que me asusta. La vida es tan poco, no entiendo que importe tanto. Pero me encandila igual que la luz que tiñe la sombra de los cuerpos translúcidos. Igual que el brillo del mar. Igual que los colores del cielo.

Como sea, camino con frío en los huesos, siento ganas de vomitar. Me da pena tener tan presente a la muerte. Es un cuervo en mi hombro que canta el nombre de ese hombre viejo y también ha cantado el tuyo. Pero a ti el tiempo no te oprime el pecho y mi vida tampoco.

(¿De verdad no te oprime? ¡Guardaste silencio! ¡Guardaste distancia! Guardaste todo. Hay cosas que no sabré nunca de ti. Me voy a ir. Y no sabré de ti. Te vas a ir y no-).

¿Qué es lo que te interesa de mí?, ¿qué es lo que yo te entrego?, ¿qué es lo que mi presencia en tu vida te permite dar porque te gusta ofrecérmelo?

No entiendo si permanezco en tu mundo y por qué permanezco. Me dan urticaria los monosílabos y la superficialidad. No sé para qué dejarnos cerquita si no nos reímos, si no nos lloramos, si no nos compartimos. 

¿Me quieres llevar o quieres guardarme?
Quizás sería mejor que me soples.

Creo que nunca va a ser mía la alegría de cumplir años, ni la alegría de la celebración, ni menos la alegría de que me celebren. 

(Me duele).

Esperé de noche y salió el sol. No es metáfora optimista, pensé que estaría nublado. Llegué al cerro y pedí un desayuno rico. Mirar el plato con sus colores me hizo recordar a todas las personas por las que sigo viva. Las vi en esos colores, un jardín. Me puso contenta estar de cumpleaños porque podía agradecerles. Después me pregunté si era mi gratitud lo que merecían por mantenerme aquí. Cerré mi autoconversación pensando que, sea como sea, saber que muy absurdamente sigo me llevó a esa palabra, lo que ya es una fortuna.

Rompí a llorar. Más bien, tricé a llorar. Me quedé mirando por la ventana el cielo, pensando que hasta cuándo Señor. Por qué estar viva, por qué esta incoherente porfía. 

Me molesta el sentimiento que se nombra pero no se profesa. Si no se va a ejercer, ¿para qué la farsa de investirlo ante mí? Que no se mencione, que ni siquiera se sienta.

A veces se me humedecen los ojos y me aprieto la cara con las manos, mientras se me hace un nudo en la garganta porque me siento atrapada sin poder decir que soy fastidiosa, que me equivoco ridículamente, que es tonta cualquier decisión que tomo, que sería hermoso descansar de mí y de mis estupideces. 

Entonces siento que te extraño, porque me gustaría verte sonriéndome relajado, mirándome con indulgencia, diciéndome cosas simples y repetidas como que no tengo que pensar tanto. Me gustaba escucharte, me hacía bien tu voz punta de roma. Era un poco como si me apartaras las manos y me cerraras mis dedos para que dejara de usar las uñas contra mí.

Ahora se me humedecen los ojos, me aprieto la cara con las manos y no entiendo que ya no estés detrás de ellas. Que ya no me des chocolate de menta para derretir en mi boca lentito la ansiedad.

Estaba en el escenario y sonaban los aplausos. Cuando aparté la mirada para intentar escapar de la situación solo con los ojos, te vi en el rincón mandando un beso al centro. No sé para quién o a qué era, pero me dio tanto gusto cruzarme sin querer.

O quizás no era algo que tuviera que ser visto. ¿Cómo me ves? ¿Qué ves? Sin luz en tus ojos, sin mi tacto [aún. Me inquieta que sólo me conoces por lo que más me incomoda de mí. ¿Es eso lo que me gusta?

Pudiste ser la primera persona de la que me despedía, pero elegí que fueras la última. Me di cuenta al llegar a la casa y me reí sola.