Correo-carta

Tongoy, Julio 2025

No sé qué me pasó con él. No creo que haya sido que me gustó, pero lo escuchaba, lo veía y pensaba que él tenía cosas que quisiera que tuviera la persona que me guste. Incluso que tuviera yo, porque también me recordó mis ganas de irme, de trabajar del arte más directo: que me paguen por ensayar y por presentarme. Me recordó que cuando chica nunca me imaginé con familia, con mascotas, ni siquiera con plantas, porque pensaba que iba a estar viajando siempre. No por aventurera, sino por trabajo. Tenía 5 años y me imaginba viajando constantemente por filmar escenas. 

Nunca he querido tener a alguien que me reciba en la casa, ni siquiera he querido tener una casa. Pero sí busco siempre mi espacio, un lugar y un tiempo para mí. Pienso que ni siquiera eso tengo. No sé si algún día voy a vivir de la forma que imaginé. Siento que no hago lo suficiente para que así sea, pero no sé cómo hacer más y también por debajo me llega un ruido conformista y quejoso que dice que otrxs lo han conseguido incluso haciendo menos. 

No sé por qué me he imaginado siempre en otro lugar si solo estoy aquí, al igual que siempre pienso lógico y esperable que mi vida terminará cuando yo quiera, aunque no haya vez que decida dejar de insistir en vivir. ¿Haré lo que quiero o me moriré intentándolo? ¿Sería más inteligente empezar a querer otra cosa (qué cosa)? Y es tan ridículo y tan básico lo que quiero: encontrar la forma de que las cosas creativas que hago sean mi sustento. O lograr que lo que me dé casa, comida y cuentas al día, no me quite lo creativo. Simple, supuestamente. Pero pedir eso es, en la práctica, arrogante e insultantemente demasiado.

Después de que el chico se fue a tomar el bus, almorzamos con la familia de mi hermano [...]. Yo miraba con mucha nostalgia todo eso. Las personas que encuentran a otras personas que se atraen, se tratan bien y tienen una forma afín de relacionarse y de querer construir. Me siento muy sola en eso, siento que no conozco a personas que me quieran conocer y quedarse con los tiempos raros que tengo, las dudas raras que tengo, las convicciones raras que tengo, las porfías que tengo. 

Y es una doble soledad porque ni siquiera sé qué tipo de amor necesito, no sé cómo es, dónde está. Pero en el fondo, más allá de cualquier etiqueta, solo quiero complicidad. Complicidad en el desacuerdo y en las ganas de inventar. En las ganas de cuidar. Quiero que quieran mucho acompañarme. Tanto, que se atrevan a muchas cosas. Tanto, que la vulnerabilidad sea un placer. Quiero que quieran estar al lado mío pero no por un impulso insostenible en el tiempo, no porque justo salió el sol y está rico el calorcito. Sino por una decisión, por querer hacerlo, por elegirlo. Decidir sentarse a mirar, a esperar, a respirar. Conmigo.

Tú eres un oasis en todo esto. También me he sentido sola contigo y he tenido miedo de que ni siquiera el amor de las dos pueda sostenerme ahora que estoy en esta tormenta de no saber los afectos que necesito, que reconozco, que recibo y que busco. Pero sigues siendo un oasis en todo esto. Siento que contigo sí existe una complicidad de buscar algo en común, siento que ambas seguimos decidiendo y haciendo. 

Te lo agradezco.



Relaciones espurias

Quedó para siempre de espalda y de costado, justo desde que noté que mi ropa empezaba a tener pelos dorados después de verle. No sé si él también se dió cuenta, pero creo que, sin querer, los pelos dorados en mi ropa fueron una de las razones por las que volteó su cara contra mí. A mí me dieron risa. Los pelos. A él, escalofrío, ¿puede ser?

Podría siempre cantarle al aire para que me reconozcas sin la necesidad de saludarte. Podría siempre encontrar para ti las canciones que a tu cabecita loca se le ocurre disparar.

Te prometo quedarme cerca, mientras sea tu gesto de cuidado favorito. No te dije que tu percepción exagerada de mi distancia era como mi percepción alterada de las heridas en mi espalda.

Me gusta que no hable más si no tiene nada bueno que decir. Agradezco que no se acerque si no tiene nada bueno que entregar. Pero quisiera tanto que su boca y sus manos guardaran para mí algo sincero e invaluable.

Aquí,  es un esfuerzo personal la decisión diaria de mantenerme lejos.
Allá, ni si siquiera es un hecho perceptible el que me fui. 

🥀
Recostada sobre un sueño fino finísimo como capa de caramelo (pero ya no dulce). Memoria auditiva entre el sopor. El sonido de las micros pasando por Pedro P. Muñoz, a altas horas de la madrugada no sabía que me producía esto. Una nostalgia a la que habría que temerle.

Lo intento. De verdad lo intento. Tratarme bien, no decir nada malo de mí. Pero si las cosas no me resultan me parece tan obvio que no tengo un valor. Cómo me va a costar tanto. Cómo no voy a poder hacer nada bien y la única cosa que hago mínimamente bien a nadie le importa.

No sé qué voy a hacer. De verdad no sé qué hacer conmigo. Intento darme ánimos y probar de otras formas pero no puedo nunca puedo nunca llego. Vuelvo a pensar que es evidente mi inutilidad y vuelvo a sentir pena porque alguien me quiere todavía. 

Entonces quedo sin fuerzas, porque cómo me puedo hacerme tanto daño.

Me acuerdo cuando me gustaba hundirme en las tapas de mi cama, hacia la ventana. Quedarme dormida imaginando volver a ver a runrún del sur. Ahora entro para arroparme con la soledad mientras caen gotas que me hacen cosquillas y me incomodan. Tengo que dejar que se fugue la pena. Tengo que apaciguar la vergüenza de todavía sentir nostalgia de esa primavera que ya tuvo su verano. Sobre todo, lo que queda es rabia de que no quiera saber de mí. Que el miserable no sienta incertidumbre por mi bienestar y si la siente, no sea tan imperiosa como para moverle a hacer algo. Qué ridículo sentir rabia por una cosa tan poco importante y tan poco reprochable.

Estoy conociendo a mucha gente. Estoy saliendo con amigas y amigos nuevxs. No son divertidxs: el silencio es soso, la verborrea es odiosa, el tacto es cargante. Eso me hace sonreír estúpidamente, porque me acuerdo de elle y me felicito por haber tenido buen gusto. (Aunque sea un idiota. Una cosa no quita la otra).

Me gusta que se ría, sentirlo cerca y verle los labios cuando hace beatbox.
Que es nostálgica la piel y que la proximidad con él me atrae, ya lo sabía. Pero hoy aprendí que no me gusta su cuerpo enredado con el mío, su cabeza pretendiendo confundirse en mi regazo, sus pies buscando mis pies. La piel es nostálgica, pero mi vértigo lo quiere a 12 centímetros de mí.

Notas en la víspera a las funciones de este fin de semana

La víspera del estreno es la víspera más bonita (ni navidad, ni año nuevo, ni cumpleaños). No sé en qué otro momento cuido tanto mi cuerpo y agradezco la vida. Atención profunda a las cosas: que todo sea una ofrenda para que Dionisio se sienta contento y bendiga las funciones. 

Me he dado cuenta de que necesito cariño más de lo que reconozco. Creo que, al final, me ilusiona crear por la promesa de que alguien se emocionará porque existo, más que la esperanza de salvar un poco el mundo.

Nunca lo he querido salvar tampoco.

He estado pensando también que, sí, todavía no entiendo bien qué es el teatro para mí, ni soy capaz aún de decir que lo quiero. Antes me incomodaba mucho no saberlo y no poder decirlo. Ahora pienso que me gustaría que eso lo pudiera responder actuando. Yo me doy cuenta de qué es el amor para las personas mientras las veo amar. Quisiera ser capaz de hacer lo que pienso de actuar, bailar y cantar y que el acto mismo responda qué es cada una de esas cosas.