Me había entusiasmado volver a verte en tan poquito tiempo. Hice planes de escuchar mucha música antes, para andar con sonidos en la cabeza cuando te tuviera al frente. Quise hacer unas bolitas de mantequilla de maní y chocolate que le gustan a nuestra amiga, para que también te gustaran (y cuando quisieras comer de nuevo, te acordaras de mí). Fue aburrido saber que no ibas, al final llevé una bolsa de maní solamente. Pero de algún modo igual estuviste. Imaginé tus chistes y tu risa. Y te vi en las rocas durante todo el paseo.
NO SIRVE
- Irremediablemente aquí -
Estoy pensando insistentemente en él y no tengo ninguna hormona ni astro al que culpar. ¿Estará bien? Me impacienta esa incertidumbre. Me impacienta más que la incomodidad de que no sea mutuo nada entre lxs dos. Pido que esté bien él, su hermana, su perra, su abuelo. Quiero mucho que tenga ganas de cuidarse y que lo esté haciendo. Me imagino que quiere a alguien y que está con esa persona; supongo que eso es bueno. Me imagino que es mucho menos rara que yo en el cariño, supongo que eso era obvio. No me gusta que se me venga tanto al pensamiento porque eso me pasa con mis amigxs cuando necesitan ayuda o quieren decirme algo. Ojalá esté bien, ojalá no necesite nada. Pero no me puedo mover de aquí, es una promesa conmigo no volver a acercarme si la distancia es tan grande. Siento tanta vergüenza que dudo que vuelva intentarlo a otra vez.
Correo-carta
No sé qué me pasó con él. No creo que haya sido que me gustó, pero lo escuchaba, lo veía y pensaba que él tenía cosas que quisiera que tuviera la persona que me guste. Incluso que tuviera yo, porque también me recordó mis ganas de irme, de trabajar del arte más directo: que me paguen por ensayar y por presentarme. Me recordó que cuando chica nunca me imaginé con familia, con mascotas, ni siquiera con plantas, porque pensaba que iba a estar viajando siempre. No por aventurera, sino por trabajo. Tenía 5 años y me imaginba viajando constantemente por filmar escenas.
Relaciones espurias
Quedó para siempre de espalda y de costado, justo desde que noté que mi ropa empezaba a tener pelos dorados después de verle. No sé si él también se dió cuenta, pero creo que, sin querer, los pelos dorados en mi ropa fueron una de las razones por las que volteó su cara contra mí. A mí me dieron risa. Los pelos. A él, escalofrío, ¿puede ser?
Podría siempre cantarle al aire para que me reconozcas sin la necesidad de saludarte. Podría siempre encontrar para ti las canciones que a tu cabecita loca se le ocurre disparar.
Me gusta que no hable más si no tiene nada bueno que decir. Agradezco que no se acerque si no tiene nada bueno que entregar. Pero quisiera tanto que su boca y sus manos guardaran para mí algo sincero e invaluable.
Lo intento. De verdad lo intento. Tratarme bien, no decir nada malo de mí. Pero si las cosas no me resultan me parece tan obvio que no tengo un valor. Cómo me va a costar tanto. Cómo no voy a poder hacer nada bien y la única cosa que hago mínimamente bien a nadie le importa.
No sé qué voy a hacer. De verdad no sé qué hacer conmigo. Intento darme ánimos y probar de otras formas pero no puedo nunca puedo nunca llego. Vuelvo a pensar que es evidente mi inutilidad y vuelvo a sentir pena porque alguien me quiere todavía.
Entonces quedo sin fuerzas, porque cómo me puedo hacerme tanto daño.
Me acuerdo cuando me gustaba hundirme en las tapas de mi cama, hacia la ventana. Quedarme dormida imaginando volver a ver a runrún del sur. Ahora entro para arroparme con la soledad mientras caen gotas que me hacen cosquillas y me incomodan. Tengo que dejar que se fugue la pena. Tengo que apaciguar la vergüenza de todavía sentir nostalgia de esa primavera que ya tuvo su verano. Sobre todo, lo que queda es rabia de que no quiera saber de mí. Que el miserable no sienta incertidumbre por mi bienestar y si la siente, no sea tan imperiosa como para moverle a hacer algo. Qué ridículo sentir rabia por una cosa tan poco importante y tan poco reprochable.