A veces pienso que te veo en la calle. Ya te había dicho eso alguna vez. Me avergüenza esta pena pero qué le voy a hacer. Solo puedo arroparla -como ahora. Rasgarla -como papel de tu cuaderno. Patearla -como lata en el suelo. Y así, todas las veces según sea el caso mientras se estime conveniente hasta que se deje de necesitar. 

Lo que me duele no son los raspones que me deja la fricción con este tiempo áspero erosionado solo por tu omisión.
Qué me importa que ya no tenga confianza en ti.
Aquí, lo que escuece, es que no la pidas de vuelta.

Me gustaría que te acordaras de mí y te acordaras de cuando te ofrecí cantarte en una escalera de por ahí las mismas canciones que toqué en el evento al que no alcanzaste a llegar y me saqué un termito con el navegao que hicimos la noche anterior.

O de cuando te invité a quedarnos en la oficina escuchando la discografía de Lynch porque estabas triste por su muerte y a ti se te pasó un poco la pena y a mí el enojo. 

Pero no puedes porque no me atreví. La vergüenza es lujo cobarde dice la Chini y quizás contigo fue bueno no perder ese lujo. Aunque quedo dubitativa cuando pienso que el navegao o la discografía podrían haber sido el jugo de naranja del que habla mi amiga y los detalles tontos de los que habla Arelis Uribe.  

Me gustaría que te acordaras de mí. 



Que una lengua tierna venga ahora a lamer mi frente y diluya todas las manchas. Que unos labios suaves soplen mis mejillas para que dejen de arder. Que dos dedos que me quieren remuevan mi rostro como si fuera una película de cola fría.

Por favor.

Que yo quisiera despellejarme. 

Me di cuenta de que no he pensando nunca en tu muerte, que un día vas a morir.

Me puso contenta no haberlo hecho. Eso significa que todavía no te quiero.

Unas ganas de gritar, unas ganas de salir corriendo, de decirle a todo el mundo que se resigne a que soy mediocre y que no voy a hacer nada por mí ni por lxs demás.

Creo que nadie sabe cuánto, ni siquiera yo, soy capaz de destruirme. Cuánto lo deseo. ¿Lo deseo? Me parece insoportablemente exquisita y sutil la violencia misteriosa de mis células. ¿Por qué mueven sus hilos para erosionarme desde la piel? Lento es el trabajo: desde adentro, destruir de afuera para adentro. Pero por qué.

Me voy a sentir absolutamente lejos de ti cuando la canción que te envíe entusiasmada no haga eco en tu oído y cuando la película que me recomiendes no sea lo que necesité ver siempre. 

Mi placer más sutil: cantar al aire y ver por el rabillo de mi ojo cómo te acercas a la fuente del sonido.

Por qué termino así de agitada cuando veo a gente. ¿Cuando veo a gente o cuando quiero tu atención? Odio esos momentos de socialización en los espacios culturales. Odio que las presentaciones se demoren y que alarguen aún más con palabras innecesarias.

Todo me ponía ansiosa, quería moverme, quería cantar, quería tener a alguien de confianza para apretarle el brazo y hacer caras. No sé cómo se me pasó la tarde. Perdí la tarde intentando mantener la calma y comportarme normal. Nadie supo leer mi cuerpo, que algo estaba empezando a ir mal. Me sentí sola. Quise llorar. Cuando ya no quise estar más, me despedí con desidia, cerré el portón contra mis propios dedos y me puse a llorar. Me invitaste y salí llorando. No te diste cuenta. Tampoco tenías por qué. ¿Pero por qué me invitaste?

Alguna vez dije que no quería cuidar nuevos afectos, que me bastaba mantenerme en territorio conocido. Pero ahora me raspa la idea de que no hay nadie, fuera de mi familia ni de mi círculo cerrado, que me quiera cuidar. Estoy cansada, no tengo energía para seguir pensando que nadie hará nada de lo que hago yo, este vertimiento inútil. Quiero dormir. Abrazándome a mí.