Siempre siento que no estoy viviendo mi vida como quiero. Hago el ejercicio de pensar cómo me gustaría vivirla, pero creo que el problema es que me gustaría no vivir. Todo lo que hago son distracciones para usar mi cuerpo mientras le permito latir poque no me he atrevido a detenerlo o no he encontrado la manera o todavía no me cae la gota que me rebalse o todavía nada decora con la guinda de la torta mi coronilla.
Estoy tan cansada. Unas ganas de llorar hasta desconocer mi voz. De acostarme cinco semanas en mi cama sin que me importe la luz de las ventanas y que la pieza sea un horno y que el sol me seque como una manzana para el té. No quiero saber de nadie, coordinar con nadie, proteger a nadie, consolar a nadie. No quiero ensayar ni presentarme ni entrenar. Quiero secarme en mi pieza. Imaginar silencio. Imaginar silencio por fin.
Por fin. No tengo ojos ni lengua, no hablo. Y se han tapado mis oídos. Les entró polvo por estar tanto tiempo quieta en mi pieza. Y me treparon las arañas y tejieron telas afuerita de mi tímpano y ya no escucho nada, solo las moscas rezando en su idioma de mosca antes de morir.
Estoy cansada.
Siempre siento que soy sincera para despedirme de antemano porque yo me voy a ir o porque esa persona se va a ir.
Estaré siempre tan cansada. Aunque lo único que haga sea dejar que el sol me abrase con su innegable dibujo de mí aquí.