Notas en la víspera a las funciones de este fin de semana

La víspera del estreno es la víspera más bonita (ni navidad, ni año nuevo, ni cumpleaños). No sé en qué otro momento cuido tanto mi cuerpo y agradezco la vida. Atención profunda a las cosas: que todo sea una ofrenda para que Dionisio se sienta contento y bendiga las funciones. 

Me he dado cuenta de que necesito cariño más de lo que reconozco. Porque, aunque me parezca un poco bobo o demasiado simple, quizás lo que más me llama a crear es la posibilidad de recibir ese cariño. Creo que, al final, después de crear algo artístico, me ilusiona más que alguien me quiera y se emocione porque hago algo conmigo, que salvar el mundo. Frívolo, ¿no?

Nunca lo he querido salvar tampoco.

He estado pensando también que, sí, todavía no entiendo bien qué es el teatro para mí, ni soy capaz aún de decir que lo quiero. Antes me incomodaba mucho no saberlo y no poder decirlo. Ahora pienso que me gustaría que eso lo pudiera responder actuando. Yo me doy cuenta de qué es el amor para las personas mientras las veo amar. Quisiera ser capaz de hacer lo que pienso de actuar, bailar y cantar y que el acto mismo responda qué es cada una de esas cosas.
Creo que lo que buscaba en todas esas investigaciones de campo era el sentido de pertenencia a otro cuerpo. Y que ese sentido de pertenencia reafirmara la pertenencia del propio. Es lo que me sigue causando admiración y sorpresa cuando lo veo en cualquier lado con lxs enamoradxs y lo que todavía me produce cierta nostalgia o hasta añoranza cada vez que estoy conmigo, que me tengo que hacer dormir, que me tengo que acompañar.
No sé cuántos años tiene esta hojita de diario (mínimo 4), pero perfectamente la podría haber escrito ayer.
¿El mundo no era tan, tan, tan horrible cuando elle estaba cerca, o porqué yo no recuerdo haber pasado otras veces acompañada este mismo dolor?

Quizás las barbaries se detuvieron un segundo mientras me miraba a los ojos, me hacía cariño en la cara y me pedía que tomara agua.

Pero ahora se agolpan unas a otras y suena atrozmente reverberante la soledad.
Peleaba de broma porque lx quería. Me enojé en serio porque me importaba. Dejar que me hagan cariño, dejar que me vean molesta, dos formas en las que doy afecto. Para mí ellx era importante y me puse en evidencia. No sé si lo entendió. Creo que no. 
O quizás sí y por eso todo lo demás 🥀

Sentí que todo lo que hago lo hago para escudriñar en el el goce. Para aprender a disfrutar. 

Es tarde. Sigo tomando vino. Y de pronto, quiero que me ame. Que a mí también me ame. No me interesa ser Amada. Pero le quiero ver amar. Me. A mí. Elle. Es un dolor que quisiera tener cerca, como el sabor a sangre en la punta de la lengua.

Creo que a nadie le duele perderme. Eso no dice nada de mí ni de ellxs. Pero creo que quiero a personas que no les importa dejar ir. O personas que nunca van a admitir, sea por la razón que sea, que les pesa mi ausencia.

En fin, me gustaría ser difícil de olvidar.
Más precisamente, 
me gustarían tres cosas imposibles:

Que quien se fue, lamente haberse ido.
Que quien lamente haberse ido, se vuelva a acercar.
Que quien se vuelva a acercar, yo quiera seguirle teniendo cerca.

Te vi por ahí y te confundí con una señora, lo siento, te misgenderié en género y edad ja.

Después pasaste muy cerquita con tu bastón, estuvimos a centímetros pero seguiste de largo. No supe cómo retenerte, cómo acercarme [oh, sí, no me digas, qué sorpresa].

Te vi pedirle indicaciones a otras personas y sentí celos de que no me preguntaras a mí. ¿Por qué no lo hiciste conmigo? ¿Quizás no te gustó mi olor? ¿O no te agradó algo de mi presencia? ¿O pensaste que era una niña?

Luego se me ocurrió que quizás nunca notaste que había alguien ahí. Me sentí árbol. Sonreí. Qué gusto si para ti mi cuerpo es un vacío, puro aire, algo más de la calle.

Y, otra vez, quise estar cerca de ti. 

Fantaseo con ser amigues: contarte lo que veo mientras caminamos, aprender a describirte las películas, leerte lo que te escribí incluso antes de empezar a vernos. Y que tú me hables de los colores y las sombras, de tus sueños, de las texturas y sonidos que no alcanzo a percibir, aunque estemos en el mismo lugar. 

Recuerdo haberme lavado la cara, mirar mis ojos edulcorados y pensar que toda la ternura que estaba recibiendo no podía ser de otra forma, que era consecuencia de mis tiempos, mis decisiones y aprendizajes. Casi sentí que estaba viviendo mi recompensa, un premio dulce y encantador por decidir ser como soy ante mí y ante elle.

Se sentía divertido y hermoso. 

Ahora mi rostro ha cambiado y cuando me lavo la cara no reconozco en mi mirada ninguna ternura ajena. No quiero pensar así otra vez cuando el cariño de alguien se sienta un sol que abriga leve y manso. Porque después, cuando llega la sombra rotunda, solo pienso: ¿si antes merecía el calor, ahora merezco el frío? 

Y es que merezco esta soledad, desde siempre. ¿Por qué merezco esta soledad, desde siempre? Quiero que alguien me responda mientras siento mis codos en sus costillas y su nariz en mi oído.