Me había entusiasmado volver a verte en tan poquito tiempo. Hice planes de escuchar mucha música antes, para andar con sonidos en la cabeza cuando te tuviera al frente.  Quise hacer unas bolitas de mantequilla de maní y chocolate que le gustan a nuestra amiga, para que también te gustaran (y cuando quisieras comer de nuevo, te acordaras de mí). Fue aburrido saber que no ibas, al final llevé una bolsa de maní solamente. Pero de algún modo igual estuviste. Imaginé tus chistes y tu risa. Y te vi en las rocas durante todo el paseo.

Estoy pensando insistentemente en él y no tengo ninguna hormona ni astro al que culpar. ¿Estará bien? Me impacienta esa incertidumbre. Me impacienta más que la incomodidad de que no sea mutuo nada entre lxs dos. Pido que esté bien él, su hermana, su perra, su abuelo. Quiero mucho que tenga ganas de cuidarse y que lo esté haciendo. Me imagino que quiere a alguien y que está con esa persona; supongo que eso es bueno. Me imagino que es mucho menos rara que yo en el cariño, supongo que eso era obvio. No me gusta que se me venga tanto al pensamiento porque eso me pasa con mis amigxs cuando necesitan ayuda o quieren decirme algo. Ojalá esté bien, ojalá no necesite nada. Pero no me puedo mover de aquí, es una promesa conmigo no volver a acercarme si la distancia es tan grande. Siento tanta vergüenza que dudo que vuelva intentarlo a otra vez.

Estoy un poco cansada de esto. Siento que siempre voy a ser amateur, haga lo que haga. Es como si caminara por un cordón de montañas queriendo llegar a la última loma, pero aunque no dejara de caminar, la distancia siempre se mantuviera. 
No se cuándo voy a sentir que no estoy solo probando, que merezco los espacios. Y no sé cuándo esos malditos espacios los voy a tener.

Correo-carta

Tongoy, Julio 2025

No sé qué me pasó con él. No creo que haya sido que me gustó, pero lo escuchaba, lo veía y pensaba que él tenía cosas que quisiera que tuviera la persona que me guste. Incluso que tuviera yo, porque también me recordó mis ganas de irme, de trabajar del arte más directo: que me paguen por ensayar y por presentarme. Me recordó que cuando chica nunca me imaginé con familia, con mascotas, ni siquiera con plantas, porque pensaba que iba a estar viajando siempre. No por aventurera, sino por trabajo. Tenía 5 años y me imaginba viajando constantemente por filmar escenas. 

Nunca he querido tener a alguien que me reciba en la casa, ni siquiera he querido tener una casa. Pero sí busco siempre mi espacio, un lugar y un tiempo para mí. Pienso que ni siquiera eso tengo. No sé si algún día voy a vivir de la forma que imaginé. Siento que no hago lo suficiente para que así sea, pero no sé cómo hacer más y también por debajo me llega un ruido conformista y quejoso que dice que otrxs lo han conseguido incluso haciendo menos. 

No sé por qué me he imaginado siempre en otro lugar si solo estoy aquí, al igual que siempre pienso lógico y esperable que mi vida terminará cuando yo quiera, aunque no haya vez que decida dejar de insistir en vivir. ¿Haré lo que quiero o me moriré intentándolo? ¿Sería más inteligente empezar a querer otra cosa (qué cosa)? Y es tan ridículo y tan básico lo que quiero: encontrar la forma de que las cosas creativas que hago sean mi sustento. O lograr que lo que me dé casa, comida y cuentas al día, no me quite lo creativo. Simple, supuestamente. Pero pedir eso es, en la práctica, arrogante e insultantemente demasiado.

Después de que el chico se fue a tomar el bus, almorzamos con la familia de mi hermano [...]. Yo miraba con mucha nostalgia todo eso. Las personas que encuentran a otras personas que se atraen, se tratan bien y tienen una forma afín de relacionarse y de querer construir. Me siento muy sola en eso, siento que no conozco a personas que me quieran conocer y quedarse con los tiempos raros que tengo, las dudas raras que tengo, las convicciones raras que tengo, las porfías que tengo. 

Y es una doble soledad porque ni siquiera sé qué tipo de amor necesito, no sé cómo es, dónde está. Pero en el fondo, más allá de cualquier etiqueta, solo quiero complicidad. Complicidad en el desacuerdo y en las ganas de inventar. En las ganas de cuidar. Quiero que quieran mucho acompañarme. Tanto, que se atrevan a muchas cosas. Tanto, que la vulnerabilidad sea un placer. Quiero que quieran estar al lado mío pero no por un impulso insostenible en el tiempo, no porque justo salió el sol y está rico el calorcito. Sino por una decisión, por querer hacerlo, por elegirlo. Decidir sentarse a mirar, a esperar, a respirar. Conmigo.

Tú eres un oasis en todo esto. También me he sentido sola contigo y he tenido miedo de que ni siquiera el amor de las dos pueda sostenerme ahora que estoy en esta tormenta de no saber los afectos que necesito, que reconozco, que recibo y que busco. Pero sigues siendo un oasis en todo esto. Siento que contigo sí existe una complicidad de buscar algo en común, siento que ambas seguimos decidiendo y haciendo. 

Te lo agradezco.



Relaciones espurias

Quedó para siempre de espalda y de costado, justo desde que noté que mi ropa empezaba a tener pelos dorados después de verle. No sé si él también se dió cuenta, pero creo que, sin querer, los pelos dorados en mi ropa fueron una de las razones por las que volteó su cara contra mí. A mí me dieron risa. Los pelos. A él, escalofrío, ¿puede ser?

Podría siempre cantarle al aire para que me reconozcas sin la necesidad de saludarte. Podría siempre encontrar para ti las canciones que a tu cabecita loca se le ocurre disparar.

Te prometo quedarme cerca, mientras sea tu gesto de cuidado favorito. No te dije que tu percepción exagerada de mi distancia era como mi percepción alterada de las heridas en mi espalda.

Me gusta que no hable más si no tiene nada bueno que decir. Agradezco que no se acerque si no tiene nada bueno que entregar. Pero quisiera tanto que su boca y sus manos guardaran para mí algo sincero e invaluable.

Aquí,  es un esfuerzo personal la decisión diaria de mantenerme lejos.
Allá, ni si siquiera es un hecho perceptible el que me fui. 

🥀
Recostada sobre un sueño fino finísimo como capa de caramelo (pero ya no dulce). Memoria auditiva entre el sopor. El sonido de las micros pasando por Pedro P. Muñoz, a altas horas de la madrugada no sabía que me producía esto. Una nostalgia a la que habría que temerle.

Lo intento. De verdad lo intento. Tratarme bien, no decir nada malo de mí. Pero si las cosas no me resultan me parece tan obvio que no tengo un valor. Cómo me va a costar tanto. Cómo no voy a poder hacer nada bien y la única cosa que hago mínimamente bien a nadie le importa.

No sé qué voy a hacer. De verdad no sé qué hacer conmigo. Intento darme ánimos y probar de otras formas pero no puedo nunca puedo nunca llego. Vuelvo a pensar que es evidente mi inutilidad y vuelvo a sentir pena porque alguien me quiere todavía. 

Entonces quedo sin fuerzas, porque cómo me puedo hacerme tanto daño.

Me acuerdo cuando me gustaba hundirme en las tapas de mi cama, hacia la ventana. Quedarme dormida imaginando volver a ver a runrún del sur. Ahora entro para arroparme con la soledad mientras caen gotas que me hacen cosquillas y me incomodan. Tengo que dejar que se fugue la pena. Tengo que apaciguar la vergüenza de todavía sentir nostalgia de esa primavera que ya tuvo su verano. Sobre todo, lo que queda es rabia de que no quiera saber de mí. Que el miserable no sienta incertidumbre por mi bienestar y si la siente, no sea tan imperiosa como para moverle a hacer algo. Qué ridículo sentir rabia por una cosa tan poco importante y tan poco reprochable.