A veces pienso que te veo en la calle. Ya te había dicho eso alguna vez. Me avergüenza esta pena pero qué le voy a hacer. Solo puedo arroparla -como ahora. Rasgarla -como papel de tu cuaderno. Patearla -como lata en el suelo. Y así, todas las veces según sea el caso mientras se estime conveniente hasta que se deje de necesitar.
NO SIRVE
- Irremediablemente aquí -
Creo que nadie sabe cuánto, ni siquiera yo, soy capaz de destruirme. Cuánto lo deseo. ¿Lo deseo? Me parece insoportablemente exquisita y sutil la violencia misteriosa de mis células. ¿Por qué mueven sus hilos para erosionarme desde la piel? Lento es el trabajo: desde adentro, destruir de afuera para adentro. Pero por qué.
Por qué termino así de agitada cuando veo a gente. ¿Cuando veo a gente o cuando quiero tu atención? Odio esos momentos de socialización en los espacios culturales. Odio que las presentaciones se demoren y que alarguen aún más con palabras innecesarias.
Todo me ponía ansiosa, quería moverme, quería cantar, quería tener a alguien de confianza para apretarle el brazo y hacer caras. No sé cómo se me pasó la tarde. Perdí la tarde intentando mantener la calma y comportarme normal. Nadie supo leer mi cuerpo, que algo estaba empezando a ir mal. Me sentí sola. Quise llorar. Cuando ya no quise estar más, me despedí con desidia, cerré el portón contra mis propios dedos y me puse a llorar. Me invitaste y salí llorando. No te diste cuenta. Tampoco tenías por qué. ¿Pero por qué me invitaste?
Alguna vez dije que no quería cuidar nuevos afectos, que me bastaba mantenerme en territorio conocido. Pero ahora me raspa la idea de que no hay nadie, fuera de mi familia ni de mi círculo cerrado, que me quiera cuidar. Estoy cansada, no tengo energía para seguir pensando que nadie hará nada de lo que hago yo, este vertimiento inútil. Quiero dormir. Abrazándome a mí.