Fueron las canicas. El vaso. El tiempo que envuelto en ellas golpeaba al cristal,
marcando el pulso del vals sinsentido de su vida. Bah, del vals de
imágenes y colores, y luces, y ojos, y voces, y momentos y
decisiones que él llamó vida. Fue la última, la perturbadora, la
maliciosa, la intolerable.
Aburrido, tranquilo,
libre de toda la tensión del miedo, de la espera, de la culpa,
inquieto, impaciente, deseoso de hacer algo que llenara la nada que
se acumulaba después de arrancar el permanente delirio y terror,
acudió al vaso de agua que tenía en frente. El tiempo envuelto en
cada canica era como un gong, y al chocar en el cristal soltaba una
canción monotónica. Primero dulce, luego terrible. Era como el
pulso que va marcando paso a paso el nivel de introspección, hasta
quedar completamente hipnotizado por el vaso. Casi como si la cortina
abierta dejara asomarse la vida quieta y verde de afuera por la
ventana y la ventana como reflejo en el cristal, el desfile de
colores, momentos y voces se presentó en el vidrio mitad vacío,
mitad falto de agua.
La última rodó
pretenciosa, dejando polvillo airoso tras su paso, su roce era una
canción de esas que acompañan la anunciación de la tragedia.
Sonaba a cámara lenta. Rodó directo, como si no tuviera más
determinación que estrellarse contra el vaso y derrumbar la torre,
botar al hombre, al espectro de hombre hacerlo caer.
El caído pende del hilo
de su mirada.
Su mirada se ha vuelto el
llanto de un mar aterrado. Huele a mar triste, mar solo. Había un
mar en esa mirada. Un mar que lamentaba su condición de mar cansado.
Un mar que lloraba impotente con la idea de que sus propias olas, en
vez de destrozar las paredes incrustadas cerca de su arena lo
despedazaran a sí mismo. Era un mar viejo mirando al mar y
recordando que está pobre y solo,que sus olas se van... que está
quieto y ha estado quieto, aunque ruja, porque no puede ni sabe otra
cosa. Se leía el desamparo y la desolación en sus ojos, porque el
espectro calló y saltaron astillas que se le incrustaron en el
recuerdo. Y el dolor agudo, como droga, le hizo ver la verdad
escondida: no había nada de verdad en su vida. Tampoco había vida.
La canción aullaba que
el hombre hace de su vida lo que son las consecuencias de sus actos,
y que, según la cadena de actos consecutivos, sólo hay una línea
que seguir. Cuando los pasos se desvían de su línea, cuando se
dobla el ser y su verdad, se deja de ser, y ya nada es cierto, son
las sobras que deja la verdad que se perdió, ahogó. Y las imágenes
dejaron en evidencia que su vida nunca fue. Que habían mil
desviaciones por 500 actos sin su consecuencia directa y sincera.
Era
el resultado
vergonzoso y mediocre de no haber muerto. Vivo estaría si no hubiera
mentido, si hubiera recibido ese golpe por haber ayudado a la vieja.
Vivo estaría si le hubiera dicho a su esposa que sí durmió ese fin
de semana con esa mujer; estaría en la calle, pero vivo, solo, pero
vivo. Vivo estaría aunque estuviese muerto, porque hubiera muerto
viviendo. Y toda su vida la habría vivido, hasta la muerte.
Entonces, no existía, porque era falso, intangible, infiel. Su vida
no era cierta, era totalmente mediocre y arreglada, porque lo que él
era no lo llevaba a a vida, lo llevaba la muerte, la consecuencia de
de ser él era el rotundo castigo, y lo había evitado a toda costa,
y evitando se perdió, aunque siempre encontrase un escondite donde
mendigar más vida, que ahora, con esa canica y la ventanita en el
vaso descubría que no lo fue. El mismo hecho de estar jugando con
canicas de tiempo por no poder hacer nada más con él después de haber
cesado el escape y el miedo era producto de la cobardía y de la vida
falsa, mentirosa. Y sintió vergüenza de sí mismo, un
profundo asco. Y se dio miedo, no soportaba al desconocido que se
había metido en su cabeza, que lo miraba que... no soportaba que el
desconocido fuese él. Sentía que el espectro tratando de salvarse
de caer al abismo le arrancaría los ojos, le estaba arrancando los
ojos, y lo arrastraba a su abismo. Ya ni se sentía en el tren, ni
podía reconocer si éste lo era. Cada acto producto de su ser puro,
sin alteraciones, lo habrían llevado a un lugar distinto, ese no,
ese suéltalo, ese lo hice, ese tengo miedo, ese no te vayas, esa
palabra sincera, esa verdad de los hechos le escupirían en la cara
consecuencias -probablemente- terribles que lo arrastrarían al fin
de la existencia. Y por el miedo dejar de existir, no existió nunca.
Fue un pobre nada,
doblando la verdad para que cupiera en la realidad inventada, que
querían. Y una canica, una miserable canica, atravesó el vaso, el
papel, la escenografía, todo, lo arrojó al abismo, lleno de
vergüenza de sí mismo, de odio, de asco, y de nada de sí. Deseó
estar muerto, y ni siquiera eso podía hacer, porque no se mata la
nada, no se mata lo que no es, lo que no existe.
Y le sacó los ojos.
Se difuminó en la
oscuridad de a poco, como gota de anilina que cae al agua y la tiñe
entera. Pero la oscuridad lo tiñó a él.
24 de agosto. 2012
24 de agosto. 2012
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