Me da lástima y me da asco. Peor que los monos. No tiene sentido conmemorar -más encima conmemorar, mierda- una fecha bélica con promesas muertas, frente a una banda de payasos ridículos, a toda la gente. Me da vergüenza, me da rabia. Pero no sé qué hacer. En días así me pongo a pensar en el capítulo 90 y en qué hago yo, qué soy. Me molesta no verle sentido a nada, ni siquiera a la pelea. Me confunde, porque me deja sin acción ni salida. Pero aún actuando me siento vacía, cínica, patética. Y le doy toda la razón a Oliveira y para mis adentros chillo siiii, siii, siiiii, cuando dice que Luchar es más bien un simple limpiar las sucias conciencias, otra coartada más dentro de las tantas coartadas sociales que existen, para justificarse. No creo que la violencia sirva, que los panfletos, que. No veo en esas cosas un camino, y eso me asusta y me duele. Me asusta y me duele saber que no me tengo más que a mí. Que soy el único cambio. Que lo único que tengo son unos ojos que lo piensan todo y que quieren regalarse, además de esta boca que se escupe a sí misma. Me burlo viéndome con mis ideas, con mis palabras, con mi hambres de creación. Qué tengo yo, hambre de arte. Qué tengo yo, nada.
Complejo de flautista de hamelin. A ver si tirándote soliloquios por la calle, llevas a los ciegos a lavarse los ojos, tonta. Ilusa. Pasiva.
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