A veces, no sé, me canso, me aburro, me caigo porque el hastío me consume, me sube por los pies mientras camino y espera a que me agote físicamente para tomarse mi garganta y dificultarme la respiración. Entonces me vuelvo tan inmensa y tan gruesa que, a la vez, me siento demasiado pequeña e ínfima, y todo mi cuerpo, y todo el mundo, se vuelven temblores ecos y reverberaciones de las cosas y me estremezco entera, y hasta la caída de una pelusa me duele, el sonido de una gota me quiebra. Y no resisto pensarte, no resisto no saber, no resisto el aire el espacio el vacío, no resisto los huecos y las puntas. Y me desarmo cuando me explico que no hay un mundo secreto tras subir esa escalera que desde abajo no se sabe a dónde lleva, me rompo al convencerme de que las baldosas sueltas no muestran ni un tesoro ni un paisaje secreto. Entonces me siento sola, porque no me sientes, porque si no hay mundos ni secretos ni paisajes tampoco me puedes sentir. Y si no sientes no hay nada, todo se desvanece y me da miedo tocarlo, y estoy sola y no tengo coraje para buscarte un rostro y un nombre y hablarte a ti y construir un mundo nuevo sin mariposas ni cascadas quemadas, sin nada, inventar otra cara que no tenga los mechones desordenados tuyos, o sí, pero más aún, inventar una imagen, inventar una imagen no puedo, porque también me dejará, porque una de las dos morirá, y yo ni siquiera puedo con mi vida, ni a mi vida la toco, ni a mi vida la tengo, ni a mi vida la asgo ¿que haría contigo? mejor no tenerte y
y seguir ahogada de aire, desparramada ¿contenida? sin bordes
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