¿Sabes? Yo creo que ya nunca voy
a poder descansar de la inquietante sensación de no decir las cosas. De la
acidez que deja el no decirlas. Para desprenderme de la eterna angustia, sería
necesario, -igual que como para todo sufrimiento-, dejar de desear decirlas.
Pero esa es tarea difícil. Casi la imposibilidad en carne y hueso, lengua y
dientes, garganta y cuerdas. La imposibilidad en todo eso. La imposibilidad
anclada en estos ojos, sobre todo. Me encantaría decirte tanto tanto tanto,
pero en todas las situaciones hay una diablilla acariciándome el oído mientras
me dice que no es necesario, que es inútil, que estaría de más. Mi corazón late
más de lo necesario, mis ojos brillan más de lo necesario, mi silencio otorga
más de lo necesario, mi mirada gime más de lo necesario, mi boca ríe o solloza
más de lo necesario, mi piel se rompe y se abre más de lo necesario. Y así yo
siento que soy herida abierta, grieta que se entrega sin más, y pienso que me
voy quedando vacía de tanta entrega, pero es sólo la sensación. A todos los
ojos exógenos, toda mi tierra sigue calma, sin ninguna precipitación ni
tormenta. Pero de verdad yo siento que estoy a punto de estallar cada vez que
te veo. Que te saludo. Que me despido. Que te toco. Que te abrazo. Que te
escucho. Que te hablo. Tradición secular va a ser, clásico ejercicio de
quererte va a ser, añorar con todas mis fuerzas y mis penas las palabras que
nunca te dije, y soñar con toda mi estupidez, con toda mi ingenuidad, los
futuros posibles modificados sólo por el vientecito roto desde mi boca a tu
oído. ¿Qué pasaría si alguna vez vomitara todo? Seguramente nada, seguramente
lo mismo, nunca la magia del acuerdo, de la empatía, de la coincidencia ni de
sentir lo mismo. Pero si lo dijera, me entiendes, si lo dijera todo, sin vanidad,
sin pretensión, sin objetivo, si sólo lo dijera, me entiendes, qué pasaría, me
entiendes, cómo quedaría mi pecho, entiendes, cómo se sentiría aquí dentro, me
entiendes, ¿las palabras guardadas son esta piedra dentro? No son las palabras,
es el color de mis ojos mientras soportan el dolor de que un puente se vaya
construyendo desde mi boca a tu oído. Y saber cuán feo y pobre puede ser el
puente. Y aceptarlo. Pero eso no va a pasar. La acidez no se va a ir. Yo no voy
a hablar. Y no voy a dejar de desear. ¿Pero cómo no desear que alguna vez
suceda, si lo necesito tanto? Gravito, me pierdo todos los días. Las palabras
son pequeños hilos de saliva que me podrían unir a las cosas, mantenerme
estable y viva. Quizá no las palabras, maldita sea, algún lenguaje. Pero igual
las palabras. Para ti. Una cajita llena de todo. Ay qué estupidez. Te tengo que
dejar de escribir. Ya lo había logrado.
Son tres pasos, volver a lo
mismo. Delirar en mi mente y no escribirlo. Dejar pasarlo todo. Disfrutar que
ya no te escribo. Otra vez y así.
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