Las canciones que alguna vez me mandaste me dan tantas cosquillas todavía. Tú también. Las cosquillas no me gustan, me causan desesperación. En realidad las cosquillas con los dedos. Y tú me dabas de ese tipo. Me dolían. Pero las de tus canciones son como el cosquilleo de una plumita. Esa sensación es rica, suave. Pensar en ti es siempre traer un escenario de mar y de noche. Mucha risa, palabras que no salen, miradas con subtítulos pero en otro idioma y alfabeto. Les dos caminando muy cerquita de la orilla, yo siempre más adelante por puro nervio mirándote hacia atrás y tú respondiendo con una sonrisa que punza muy delicadamente justo en el intersticio del placer y del dolor. Esa imagen tiene todas las cosquillas del mundo. Las buenas y las malas, las de dedos y las de plumas. Incluso las de manos, las de flores, las de pelusas, las de pastito, las de pelos, todas las habidas y por haber. Me habría gustado tanto seguir siendo tu amiga. Me da lo mismo el título si se mantiene el vértigo en el estómago y el brillo filoso en los ojos. Yo sé que hay un montón de cosas que querías y que no ibas a encontrar nunca en mí. Me alegra que ahora estén impecablemente ubicadas en el estante de tu perfecta relación monógama. Pero también estoy segura de ciertos detallitos que no podrás recibir nunca de nadie más que no sea yo. Y francamente no entiendo. Porque los detalles son los que cuentan, dicen.
(No, mentira. Pero, seriamente hablando, como en esas madrugadas cuando casi se acababa Chile y urgía la sinceridad: ¿no echas en falta unas leves gotitas agridulces mías de vez en cuando?
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