Me voy a colgar porque quiero caer. Siempre en mi pecho hay algo que me lleva a la tierra. En la gravedad está mi centro. Sólo por eso me voy a colgar. Porque no puedo caer. Tengo que mantenerme erguida. Esa pequeña complacencia se las concedo. Tengo que pender. Tengo que ser Antígona.
Alguien me oyó decir que nací para el amor y no para el odio. Por mí está bien. Con amor o con odio igual me voy a colgar. Tanta historia para evitar la locura. Ni el peor de los locos puede amar a la muerte, se dijo. Y la peor de las locas tampoco. Por eso no puedo morir por sólo morir y por eso ahora Creonte debe estar gritando que muero por mi hermano. Pero no muero por él. Muero por mí. Y eso no es humano. Menos femenino. Ni siquiera demencial.
¿Y si se sacara de encima tanto mito sobre mí? ¿Por qué he de ser la heroína? ¿Por qué ha de quedar en los libros que me sacrifico por esos hombres? ¿Y si me estoy matando por otra cosa? ¿Y si verdaderamente me mato porque nací para el amor y me habría encantado haber nacido para el odio?
Alguien me eligió para ser heroína. ¿Y si toda esta historia es una mentira para que al menos haya seguido una ley cualquiera, la del Estado, la del hombre, la de los dioses, la que sea, pero por favor no la mía? ¿Y cuál es la mía? Como en el teatro, en la política también se necesita una buena contraparte para hacer bien nuestro propio papel. Todo lo dicho, todo lo registrado, todo lo escrito son palabras de Creonte. Como buen político, necesitaba una buena adversaria. Sin mi rebeldía Creonte no sería Creonte.
Pude haber sido heroína por ser una excelente reina, por ser consecuente, incólume, ecuánime; por aceptar digna mi castigo tal cual mi padre. Pero voy a serlo por desafiar al Estado. Porque en un hombre quizás es heroico, merecedor de asombro y de respeto ser sincero, consecuente, humilde, recto, saber decir y hacer, saber gobernarse y gobernar. Pero para una mujer es loable que se resista, que se sacrifique, que desobedezca, que se enfrente al hombre y al Estado, haciendo con su locura uterina algo temerario pero admirable.
¿Está bien esto? ¿O estoy entendiendo mal mi propia historia y mi propio mito? Da igual. Este es mi último inútil soliloquio. Me voy a colgar para dejar de ser Antígona y para empezar a serlo, aún más, irremediablemente. Soy Antígona ante la agonía de ser. Soy Antígona y soy anti agonía también. Por eso me cuelgo. Pero ustedes hablen.
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