Te quedan chicos, entiende. Que no, me dices. Los zapatos te quedan super apretados, te digo. Que no, me respondes. Que sí te quedan así. Que no. Mírate, ni te caben.
Te miras pero no me contestas nada. Y empiezas a caminar con una ridiculez sin precedentes, que llega a ofender por la nula vergüenza que se te ve en la cara. Quieres demostrarme que te pusiste mis zapatos. Que puedes andar con ellos, que eres dócil y sensible, que te moldeas a mi suela, a lo que pisan, a cómo se sienten las piedras debajo, a cómo me pesa levantarlos con mi pie y volverlos a poner en el suelo. Pero para ponerte en mis zapatos me dejaste de pies descalzos. Y cuando me los quieras devolver, estarán anchos. Los habrás ensanchado porque te quedan chicos pero no me escuchas. Te quisiste poner en mis zapatos. Que son míos. De nadie más. Y ahí estás peleando con el talón y la lengüeta mientras mi planta se quema y se hiela se quema y se hiela se quema y se hiela y así sucesivamente.
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