LA FLOR QUE OSÓ SACAR SU CABEZA DE LA TIERRA

Salir, con lo que cuesta salir, con lo que cuesta decidirse a salir, con lo que cuesta despertarse para decidirse a salir, con lo que cuesta querer despertarse para decidirse a salir, con lo que cuesta acordarse de querer despertarse para decidirse a salir, con lo bien que se está debajo de la tierra. 

Con todo el esfuerzo que hay que hacer para empujar el último centímetro del propio tallo y levantar la tierra húmeda que la separa a una del aire y el sol. Es un esfuerzo que se hace con fuerza prestada, una fuerza que le prestan a una por un segundo todas las otras plantas a la redonda. Viene por las raíces, por un solo segundo, un aluvión de fuerza para ayudarle a una a salir, y ahí uno empuja con toda su fuerza esa última capa de la tierra y aguanta la respiración y se llena de fantasías de ver el cielo azul y los pastos verdes y a todas las otras recién nacidas y esforzadas flores… Todo ese esfuerzo para finalmente sacar la cabeza y encontrarse con… 

¡Nada! El suelo muerto y blanco. El cielo gris. Un viento helado golpeando los pétalos. ¡Los pétalos no están hechos para el frío!

–¡No puede ser!– pienso, en un estado de total desconcierto.
–¿Pero cómo? Si mi mamá y su mamá y la mamá de su mamá, me contaron, siempre me contaron, de las hermosas cosas que le siguen al esfuerzo de sacar la cabeza de la tierra al aire. Del sol y los pájaros y las compañeras todas saliendo, unas antes, otras después. Me contaron de las tardes enteras girando para nunca dejar de mirar al sol, de las noches tibias, de las abejas y cómo hay que sonreírles aunque den un poco de susto… ¡¿Cómo puede ser que me reciba este frío, esta nieve y este viento helado?! ¡¿Qué es esto?!– pienso. Entonces giro mi cabeza –cosa que no es fácil de hacer– tratando de encontrar una explicación y me encuentro de frente con un cartel que tiene pintado en enormes letras negras “PROHIBIDA LA ENTRADA. SE PROCEDERÁ JUDICIALMENTE CONTRA LOS  TRANSGRESORES.”

Pienso: ¿Desde cuándo que florecer es transgredir? ¿Y desde cuándo que los procesos en este jardín son judiciales?

Entonces, en un acto nunca antes visto en la historia de las plantas, que vamos siempre para arriba. En un acto que me humilla siquiera recordar, hago el inusitado esfuerzo de  devolverme hacia abajo de la tierra. Como si un pájaro cantase para sus adentros, o como si un río se recogiera desde el mar a la punta de la cordillera. Como si la luna iluminara el día o el fuego congelara las cosas al tocarlas. Como si así de extraño se hubiera vuelto el mundo, meto mi cabeza de vuelta a la tierra.

–O me mintieron siempre mi madre y mi abuela, o algo allá afuera anda terriblemente mal– Me digo.



[El corazón del gigante egoísta. Acto 2, Escena 1. Manuela Infante]

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