(los rollos que yo me paso)

Tu amabilidad me horadó el pecho. Y no sé, me desorientó el cuerpo. Ando perdida; un poco flotando, un poco cayendo. Pero no termino de caer. Qué ganas de llorar. Tú no te das cuenta que estas cosas me duelen. Ni siquiera yo entiendo porqué me duelen. Qué lindo sería llorar otra vez. Como esa vez que se sintió tan feo porque estaba sola gimiendo de pena en la cama mientras escuchaba tu risa a lo lejos. Me levanté, a oscuras caminé hasta la puerta de tu pieza y sin abrirla, casi sin voz, te dije que no me estaba gustando eso. Corriste a acompañarme, me acurrucaste y vimos un anime que ya no recuerdo.

Ahora me gustaría hacer eso. Desarmada confesarte esta rotura tonta y que tú me ofrezcas tiernos torpes reparos consuelos. Tanto tiempo compartiendo cementos más vecinos, cielos más hermanos y lo desaprovechamos porque sí o porque no sé. Qué estupidez. Extraño mucho tu amistad. La de les dos. Que la lógica saliera a pasear y quedáramos nosotres solamente. Dos idiotas en la ciudad sacándose de quicio, entendiéndose poco, riéndose mucho, mirándose lindo.

Es verdad que casi no hablo, que casi puro miro. Me acuerdo que una vez me dijiste eso, como para comentarme que antes era rara y daba un poco de miedo conversar conmigo pero ya (en ese momento) no. Todavía sigo así, sabes. Hace poco me pillé poniendo la misma cara que tú hiciste esa vez para imitarme. Me di cuenta y me salió una sonrisa tonta porque pensé que sigo siendo como cuando me conociste aunque no sé por qué eso sería especialmente bueno.

Yo sé que había una cosa de la vida y de tener que ser y de tener que estar frente a une otre, que cuando estábamos juntes descansaba. Era un poco como si tuviéramos algo que nos emborrachaba mutuamente. La estupidez nuestra no más. Y era tan rico. Y torpe. Y chistoso. Y placentero. Y ahora es tan triste. Que no sepas cómo hablarme, que quieras ser cordial y prudente (o no sé en realidad qué quieres). Que yo no sepa qué decirte y cómo estar cerca sin ser invasiva. 

Pero hay tanto cariño todavía. Y eso es lo más triste. Escuchar los ruidos que hacemos intentando movimientos para que esto no se termine de romper. Para hacerle nanai como podamos, porque le quedamos debiendo mucho y se merece nuestros cuidados y amor.

Quisiera sacarme los guantes quirúrgicos, desesterilizar este espacio que todavía habitamos en el otre de puro porfiades. Y volver a correr con las manos llenas de pintura, de tierra, de aceite de papas fritas, no sé.

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