Cuento viejo

Soy un bicho. Y tengo un bicho. Soy mi propio bicho pegado a mí. Es tan chico, que en el día no me doy cuenta, hasta que me miran o me miro. Entonces me desespero y grito sácamelo sácamelo de encima. Aunque no hace nada, sólo está ahí. De noche siempre lo escucho. En el silencio siempre lo escucho. Y cuando estoy acostada a punto de dormir, tengo que envolverme entera para que el bicho que soy no me encuentre. A veces me saca la sangre; tiene sus zonas favoritas -las mismas mías. A mí me dan ganas de aplastarlo o de atraparlo con mis manos pero me da miedo. Siento culpa de querer matarlo. Sólo me atrevo -y lo hago- cuando quiero sentirme mala. La mayoría de las veces lo dejo ahí hasta que otre lo encuentre. Así también siento culpa porque quizá el bicho es malo y yo lo dejo ahí y le hace algo a cualquiera. Pero cuando está quieto me gusta mirarlo porque igual es bonito. Paso de la admiración al asco de la admiración al asco. La textura los pelitos sus colores al sol; un brillo un poco antiguo o gastado, medio somnífero todo. De la admiración al asco.

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