Desnuda, con la planta de los pies en el suelo y el peso en mis talones, hecha un ovillo, dejé que el agua resbalara sobre la cavidad creada por mi pecho y los muslos. Entonces oí un ruido, un leve rumor independiente y ajeno al sonido del chorro. No te miento, cerquita de mi piel había un remolino invisible, desde mi esternón cantaba el aire. Cosa lógica que confirma lo que ya sabía: mi cuerpo está perforado, al ladito de mi corazón cargo un vacío (están tan cerca el uno del otro, que a veces temo que el hueco crezca hasta tocarlo). Mi pecho es oquedad. Como un vasito o una caracola, lo que oyes cuando te acercas no existe aquí, te juro.
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