Todas las noches tengo que sentarme a esperar que me hormiguee la nostalgia. Deja un olor dulce que le gusta a los himenópteros. En este momento estoy sintiendo cómo me sacan los pedazos de corazón que alguna vez no di. Se los llevan en filita. Yo lo veo. Son muchas cosas chicas, puras cosas tontas. 

Los bichos me están mordiendo los recuerdos frustrados y a mí me duele darme cuenta que lo hice mal, que sólo tenía que haber dicho sí, que no había lugar a tanta duda que se me ocurrió inventar. Hubo momentos tan cerquita y yo sin poder hacerlo fácil. Nunca puedo, ahora tampoco: en vez de dejar pasar estos añejos detalles tontos que ya a nadie le importan, me pongo a inventar un cuento de los himenópteros -ni siquiera hormigas- y no sé qué más. 

No entiendo cómo nunca me doy cuenta que es evidentemente y ridículamente más fácil. Lo enredo todo, no puedo ser simple; lo único que sé hacer, así muy básico, son las canciones, nada más. Qué ganas de resolver despreocupada el momento de acercarme, al momento de aceptar. Me enredé entera con él y con él e incluso con ella y con ella también y.

Pero contigo por ejemplo, qué ganas de lo sencillo, de lo cotidiano y lo muy nada, como la tarde bonita de una canción de Mitimitis o Cariño, como las cosas que decías antes. Y pudo haber sido así tantas veces (imagino muchas). Pero yo. Y faltan tantas (imagino todas). Pero blabla.

 



Y ni siquiera es complicación. Quizá es lisa y llanamente pura tontera.

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