A veces, cuando escucho canciones veo fotos leo algo, se me vienen como rayo algunas ideas, y me pasa lo mismo que pasa cuando piensas que no podías resolver un ejercicio de matemáticas porque se ve muy difícil y al final la solución era muy sencilla: muy de la nada, se me incrusta en la cabeza con letras resplandecientes la pregunta de por qué me duele tanto que no estés y simplemente no te dejo ir y ya. Se me hace -en esos momentos- una reacción tan obvia, tan fácil e inteligente... pero el problema es que estoy obsesionada con los pelos. Y aunque en mi cabeza yo me explique que si te fuiste, si no me quieres, probablemente vendrá algo mejor y no me doy cuenta ahora, igual eso me desespera porque yo no tengo cómo saber si no eres tú, o no es el momento. Porque dime, si eres tú, pero aún no es el momento, ¿cómo voy a saber cuando lo sea? Ves, por lo mismo, como la vieja maniática que espera su turno en la farmacia dando vueltas de aquí para allá, yo hago lo mismo con la vida, pero siempre regreso a ver si ya es hora y todavía no y todavía no y todavía no entonces cuándo. ¿Y si, enojada, me voy y justo era el momento? Yo sé que tú no confías en mí, yo sé que tú no sabes nada de mí, por lo mismo, jamás me imaginarías respondiéndote, esperando, regresando, por lo mismo, me siento con una responsabilidad enorme, casi tan grande como la estupidez que es sentir esa responsabilidad. Porque tú sabes cómo odio los pelos, te lo dije en ese cerro, que justo cuando casi, no. Y me dan ganas de decirte tantas cosas, decírtelo todo, mostrarte todo lo que te escribo, para que me veas, para que me sepas, para que si alguna vez se te ocurre, lo que leíste te apoye y así como por si acaso no más intentes me busques porque mis palabras alguna vez dijeron... pero no, qué vergüenza, qué miedo, qué ridiculez, qué hastío para ti.
(Oye, bonito, por qué eres tan malo... entiende, bello, yo te quiero.

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