Es una enfermedad esta la de siempre desvanecerse en el pleno rito de decir, o al momento de por fin haber dicho. Es una enfermedad esta la de descomponerse con cualquier intento. Al del libro no le gustaba verse en el espejo, a mí no me gusta verme en esto, las sopas de letras, nada. Qué torpeza, qué desilusión, qué terror. Y odio la palabra desilusión, es la más tonta de todas, una mosquita muerta, una mentira. ¿Para qué estar hablándome o escribiendo? Es tan inútil como decir a otres. No soporto el olor a sangre, saber que se está intentando sacar el cuchillo, saber que lo único que se hace es intentar tejer algo con todo los coágulos que salen cuando la llave no puede cerrarse una vez que el cuchillo, ya fuera de la carne, la dejó abierta. Qué hago, más me valdría quedarme aquí, en el suelo, dejando que mi propia sangre me cubra, permitiendo mancharme y secarme, petrificarme en costras. Intentar barrer la habitación sucia no sirve, para qué, mierda, sólo pretensiones. No sé qué intento construir escribiendo, qué fastidio decir lo que estoy viendo, lo que quiero ver, qué se supone que hay, nunca termina de ser una especie de relato, un ojo, una locución, ¡una ficción!, mierda. Quiero tanto descansar del ojo... pero el ojo solamente recibe luz... no, es que hay otro ojo, metido en el cerebro, y si se alimenta mal, se vuelve muy malo y dominador. Yo quiero descansar de ese ojo. Pero me da asco todo. Me da asco, la palabra, no puedo soportar más tanta cosa mascabra que esconde dentro. No me gusta que macabro no tengo sustantivo, eso es algo que ya me da pena, viste. Saber todos los idiomas del mundo, no, tampoco ayudaría. Me la está ganando, me están temblando las manos de pavor, voy a perder completamente el aliento si ya no soy capaz de aceptar y comprender que la palabra no puede no construir, que esa es su labor. Para un acto locutivo ingenuo y puro habría que volverse palabra también, y así imbuirse en la belleza de lo par, lo semejante, lo paralelo. o hacer de la palabra esto: carne médula sangre, latiendo [acción]. Pero veo cada articulación de sílabas como bombas, pequeñas luciérnagas que guardan potencias luminosas a punto de estallar. Yo no lo soporto, me desespero de sólo pensarlo y pienso que me van a tapar entera de compactas posibilidades hasta la inanición o la asfixia y me pongo a gritar sáquenme este bicho, sáquenme este bicho, sáquenlos por favor. Es horrible esta dependencia, ¿por qué no dejo de delirar? Pero es que no se me ocurre qué otra cosa hacer. Me cuesta respirar de otra forma, y poner los pies y saberme. No tengo otra manera de saber que hoy es miércoles, que hace cuatro días lloré, y así. Lo bueno es que aún me queda la vida, ya no he vuelto disolverme en el poco sentido de no saber para qué despertar, ya dejé de escuchar al espejo, ya no me asusta imaginarme cómo corren las estaciones dentro, ya no me miro, desde afuera y con mucha tristeza, viva y sintiendo ganas de romperme, de estrujarme, de hacerme cagar. Ahora es esto. Lo de siempre. Pero tendrá que pasar.
Algo.
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