Todo triste todo gris
Ya no hay huellas.
La sonrisa es una huella que me duele
tengo que hacerle justicia
La liviandad es un peso que me duele
tengo que hacerle justicia.
Los alfileres que me pinchaba
sobre la piel para que mi pequeña yo
me escalara y trepara a las cimas
como su cima de la desesperación
pero la mía
ya no están, se cayeron todos.
Y no sé qué es mejor,
si dejar el orificio abierto
y que haga su magia el tiempo
o volver a taparlo con más dolor.
No sé que escribo.
Yo quiero irme y dejar de pensarte.
Pero si me voy, me voy ignorándote,
rechazándote, cerrando los ojos para no verte
gritando Lalala con los oídos tapados para no oírte.
Y el mundo es redondo y alguna vez
te he de encontrar otra vez y me da miedo
el dolor y el temblor y la detonación
que provocará solamente saber que tu piel
está a más de 10 metros o a menos de 10 metros
o a 10 metros.
De qué sirve construir otra cosa
obviándote si aún estás en todo
y te temo, y me estremezco ante cualquier
gesto o rostro familiar.
No quiero saber que estás,
porque querré que estés, siempre lo querré.
¿Y de qué sirve esmerarse en
la dulce torrecita de naipes,
si con la más leve respiración tuya
que entrase en juego,
se iría de inmediato tierra abajo?
¿Para qué entonces esmerarse?
Estupidez.
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