I
Yo creo que cuando una es guagua debe llorar mucho, desde el minuto cero, porque ha de desesperar tener un cuerpo. Notar desde el instinto que esta cosa es algo que nos pertenece, un molde de papel que marca cierto límite y ojalá marcara cierta soberanía. De aquí no pasan y aquí me las arreglo. Yo creo que una cuando es guagua debe llorar porque no me imagino tarea más terrible que empezar a conocer esto y acostumbrarse.
Dos cuerdas gruesas y largas que brotan más abajo de ese sitio por donde entran sustancias; otro par de cuerdas más gruesas y más largas que salen desde abajo de ese lugar por donde se desparrama todo. Y para qué sirven y por qué se alejan tanto de mí y por qué las tengo tan cerca y por qué no me obedecen. O por qué a esta caja de papel (que desconozco de qué está rellena) le recorren cosas que no sé si andan por dentro o por fuera, que no sé si las tengo que manipular de alguna forma, que no sé si me gustan o no, que no sé si son transformables o insolubles o indelebles, que no sé qué necesitan, que no sé si son señales de hambre o de frío o de ganas de cagar o de otra cosa. Y se supone que alguien sabe.
Yo creo que una cuando es guagua llora por toda una mescolanza y la persona que está ahí cuidándole piensa que entiende y, a juzgar por el silencio, que ha acertado. Yo creo que cuando guagua no lloraba sólo por necesidades físiológicas. Y quizá ahora no lloro sólo por sentir emociones (aunque en realidad ya casi ni lloro, aunque lo necesite y desee). Yo creo que me acostumbré a la sensación pero no la he olvidado ni se ha ido. Yo creo que nunca he vuelto completamente mío mi cuerpo. Que nunca me he acostumbrado a que tanta información pase al mismo tiempo y sea de mí. Y creo que si me quedara un rato quieta escuchándome con un estetoscopio, podría percibir cómo todas mis células quieren berrinchear que todavía no saben de qué son parte, cómo se trabaja en este sistema y que sé hace con este cuerpo, territorio libre de cualquier adverbio de tiempo, de lugar y de cuánta cosa más que lo vuelve inasible, inabarcable, aunque no sea sino sólo una cajita de papel, mi cajita de Pandora.
II
Contradicción: veneno cuya presencia en el cuerpo humano se considera imprescindible para una vida a gusto. Las dosis adecuadas permiten el equilibrado ejercicio de lo humano. Vendrían siendo, para la ética constituyente de la persona, como las bacterias para el sistema inmunológico. Un cuerpo humano carente de contradicción se vuelve débil, rígido, estéril, vulnerable; la hipercontradicción, por su parte, pone en riesgo la integridad de lo que le da sentido de vida al sujeto y descompone su ser por completo, volviéndolo corrosivo y repugnante.
III
Necesito con urgencia
un succionador
de lágrimal.
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