Siento
-me gusta imaginar-
que si me pillaras sola en un cuarto jadeando y torciéndome
podrías acercarte lento, en silencio,
y poner tu dedo en el punto exacto del hipocentro de mi angustia;
como si mi cuerpo fuera una pena infrarrojo para tus ojos de murciélago.
Y siento
-me gusta imaginar-
que yo podría hacer lo mismo.
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