Pensé algo de si pender o saltar. Una cosa sobre qué iría a elegir llegado el día: ya no negarme al mar, ya no rehuir de la distancia tentadora de los edificios o ya no pelearme más con el aire bajo mis pies; descansar por fin del fracaso de no poder pararme en la tierra. 

Una cosa así, mientras colgaba del columpio y dejaba que la piel de mi cuello coqueteara con la cuerda. Pero ya se me fue la idea, se quedó en una de las hebras.

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