Yo no entiendo qué me pasa contigo. Tampoco sé porqué vienes. Pero ahora que estás en mi dedo como una mosca blanca comiéndome la articulación y la sangre, recuerdo cosas que no logro ni busco inteligir. Sé que no tienen nombre ni pensamiento.
Pero así, contigo de nuevo en mí, he reconocido inexorable mi forma de tocar, mi forma de palpar. La imprecisión, la incertidumbre y la ansiedad de reconocer en todo un Algo escondido y latente, igual que tus moscas y mi enfermedad.
No es posible de otra forma. Mi piel se educó en la textura, la incomodidad y la distancia. En lo nuevo, lo vulnerable y lo poco controlable. ¿Cómo mis dedos no habrían de heredarle este pudor casi cristiano, casi de kdrama, a mis manos?
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