Ahora que conocí tu abrazo, pensé: tu abrazo tiene otro ritmo. Un ritmo futurista, un ritmo de quebrantahuesos. Pero es suave y me deja escuchar lo que pasa por debajo de tu piel.
Cuando probé su boca, pensé: su beso tiene otros acentos. Es vertiginoso, un pajarito travieso. Pero es tierno y cálido el jugueteo del chercán con mi lengua.
No había sentido antes tanta diferencia en un abrazo y en un beso. No hablo de ninguna carga emotiva que los volviera especiales, sino de la singularidad física. Como si tú y elle entendieran otra cosa por tocar.
Lo curioso es que no volviste a abrazarme así. Y elle no volvió a besarme así. ¿Se disolvieron esos gestos dentro de mi propio gesto? ¿Se esfumó la particularidad junto con la timidez del inicio? ¿Era solo la novedad, que cuando se fue dejó lo cotidiano?
Me gustaría poder proteger esos gestos, que sigan teniendo la astilla de lo que recién empieza a habitarse. Que habitar un cuerpo no se vuelva hábito:
Como tú actuándome y yo rapeándote por primera vez, única vez, cuándo otra vez.
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