Recuerdo haberme lavado la cara, mirar mis ojos edulcorados y pensar que toda la ternura que estaba recibiendo no podía ser de otra forma, que era consecuencia de mis tiempos, mis decisiones y aprendizajes. Casi sentí que estaba viviendo mi recompensa, un premio dulce y encantador por decidir ser como soy ante mí y ante elle.
Se sentía divertido y hermoso.
Se sentía divertido y hermoso.
Ahora mi rostro ha cambiado y cuando me lavo la cara no reconozco en mi mirada ninguna ternura ajena. No quiero pensar así otra vez cuando el cariño de alguien se sienta un sol que abriga leve y manso. Porque después, cuando llega la sombra rotunda, solo pienso: ¿si antes merecía el calor, ahora merezco el frío?
Y es que merezco esta soledad, desde siempre. ¿Por qué merezco esta soledad, desde siempre? Quiero que alguien me responda mientras siento sus codos en mis rodillas y mis costillas en mi su oído.
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