Te vi por ahí y te confundí con una señora, lo siento, te misgenderié en género y edad ja.

Después pasaste muy cerquita con tu bastón, estuvimos a centímetros pero seguiste de largo. No supe cómo retenerte, cómo acercarme [oh, sí, no me digas, qué sorpresa].

Te vi pedirle indicaciones a otras personas y sentí celos de que no me preguntaras a mí. ¿Por qué no lo hiciste conmigo? ¿Quizás no te gustó mi olor? ¿O no te agradó algo de mi presencia? ¿O pensaste que era una niña?

Luego se me ocurrió que quizás nunca notaste que había alguien ahí. Me sentí árbol. Sonreí. Qué gusto si para ti mi cuerpo es un vacío, puro aire, algo más de la calle.

Y, otra vez, quise estar cerca de ti. 

Fantaseo con ser amigues: contarte lo que veo mientras caminamos, aprender a describirte las películas, leerte lo que te escribí incluso antes de empezar a vernos. Y que tú me hables de los colores y las sombras, de tus sueños, de las texturas y sonidos que no alcanzo a percibir, aunque estemos en el mismo lugar. 

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