12 de junio.

Yo sé que en cuanto me disponga a cerrar los ojos, y desde el oscuro silencio mi mirada recorra la habitación, por esa esquina empezarán a bajar las arañas una por una y después cada vez más y todas juntas. Y el ruido se escurrirá por ese rincón como fuga de agua o como sangre que cae desde el segundo piso, y arrastrará con sí un murmullo de hormigas que en hilito no se detendrán hasta llegar a mi tímpano, que ocuparán como el camino más corto a mi cerebro, el cual invadirán sin remordimientos y con la más exquisita convicción, hasta podrirlo y dejarlo pasado a recuerdos.
Yo sé que será así porque desde hace meses que me vengo preparando, viendo la boca gigante de la noche, gigante como un lobo, gigante y pestilente, y fría, que se pone como luna y habla como un dios seguro de sí, pero yo sé que es mentira, que si me recuesto en su boca me devora, porque acaso alguna vez muerta ya sucedió.
No recuerdo en qué iba. Decía de lo que sé que ocurrirá esta noche, y lo digo como para prepararme, como para consolarme, pa' que no me sorprenda. Ese azul no me abandonó jamás. Y era de noche pero igual pensarnos contamina el aire de pintitas blancas como esos pozos de luz que se anidan en cada rizo de mar.
Me da rabia, porque van a llegar las arañas y yo no tendré cómo defenderme. Y me inundará el deseo horrible de haber tenido esas mismas arañas en mis manos aquella vez, para rasguñar todo, para atajar todo, marcarlo, guardarlo, que no se me escapara. Dedos de araña. Eso me hizo falta. Ahora las mismas que debí tener -que no son las mismasmismas que bajarán por ahí a las 12-, se me desparraman por entre los  dedos, y cuando las otras malas comiencen a descender, se desparramarán más, se revolverán y ebullirán igual que el agua hervida, que los átomos locos. Y yo me voy a quedar sola, igual que como cuando salimos del mar, pero más sola, igualísimo a como pensé que saldría de la playa y queporesomeadentréenelagua.
Te extraño tanto, y, a su vez, extraño es que lo único que tengo de ti sea esa noche. Fue como no sé, una baldosa rota, que por cuya superficie corre agua con tierra, mugre que se anidará en una de sus grietas. Nosotros somos la mugre y la baldosa, nos lanzamos contra el suelo aquella vez escépticos y odiosos, y vaya a saber uno por qué rara razón, nos diluimos hasta desembocar en la rotura. Y esa caída, ese final, fue lo único cierto, el único chispazo de luz y de realidad entremedio de un pestañeo.
Yo sé, yo siento cómo te vas, cómo tu mano húmeda y fría se resbala de mí y sólo queda la baldosa.
Y las arañas que son puntuales, que -3 y ya.

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