No quiero hablarte así, no quiero empezar de nuevo. Necesito estar contigo un momento no más sin pensar en el tiempo, es decir, necesito un instante de eternidad. Sí, siempre estoy necesitando algo de ti, yo creo que son sólo breves excusas para tener una forma de sanar, mirarte a los ojos en paz haría que este coágulo de dolor en el pecho se me disolviera de a poco mientras respiro suave, que me hicieras cosquillas haría que mi risa violenta rajara todos los propios rencores, pasar una tarde en el muellesito de La herradura sería un profundo abrazo reparador para el alma, arrancar el mismo coágulo -ese que se disolvería mirándote-, arrancarlo y mostrártelo con mis propias manos y proceder a hacer una exposición de los diversos dolores que tenemos en el pequeño tejido, y cómo surgieron y cuánto muerden, todo para que por fin entiendas cuánto duelo de vergüenza y lástima por haberte dicho tantas cosas, por haber hecho de mi boca un criadero de culebras hambrientas de la sangre de tu corazón, me quitaría una inmensa carga. Volver a Coquimbo ha sido adentrarme en una casa fantasma, y ahora que llegó el invierno no hay hora del día que me duela tanto como las seis de la tarde, cuando las nubes, sin previo aviso, se ennegrecen, pero en algunos rincones del cielo, si se sabe buscar, aún hay charcos celestes. Me duele mucho ese cielo porque me cuesta separarlo de nosotres dos caminando, bajando al mar. Naturalmente no deben por qué estar unidas esas dos cosas, pero ese cielo me recuerda cuando nosotres bajábamos al mar, parecíamos hojas perdidas cayendo de los árboles bajando. Yo veo que las nubes van a empezar a tirar su tinta de pulpo -para defenderse de qué, no sé- y me entra una cosquillita al cuerpo, una breve electricidad, veo el cielo e instintivamente no entiendo por qué no está mi compañero, veo el cielo y siento el llamado de empezar a perdernos, comenzar a bajar, como las golondrinas sienten el cambio de estación y emprenden su vuelo, yo siento que se van a teñir las nubes y quiero salir a la calle para que ese cielo húmedo y negro nos cubra las cabezas, pero para qué vamos a decir lo obvio. No obstante, ahora que no salimos cuando cae el sol y las nubes se tiñen, ahora que no caemos a ningún lado de esa bella forma invernal, me parece de más el cielo, y cuando me lo topo en tales momentos, le pido que siga bajito con sus colores, que no me hable mucho, que no te busque, que no estás, y aunque estés, te fuiste hace mucho. Pero a mí me gustaría volver a caminar por este invierno juntes, y me gustaría también teñir nuestros pasos de todas las estaciones, cómo se sentirá compartir las flores y el viento, o el sol que tanto nos molesta...; para decirlo de alguna forma, me gustaría que todos los cielos guardaran recuerdos de dos figurines cayendo y resbalando, arrastrándose al mar, y, por qué no, a nosotres mismes. Te gustaría tanto el muellesito, quiero volver a la ternura de dejarse mimar por coquimbo, contigo.
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